lunes, 30 de octubre de 2017

UN NEOYORQUINO EN EL SANTO SEPULCRO DE JERUSALÉN


Parece el título de una película, pero no lo es. Parece una ‘leyenda urbana’ antinorteamericana, pero tampoco. Parece, incluso, que voy escaso de ideas para tejer una narración y me invento una que pueda ser atractiva. ¡En absoluto! Me pasó el lunes de esta semana, por la mañana, en el Santo Sepulcro de Jerusalén. Estaba con un grupo de peregrinos y, una vez concluido el «Via Crucis», habíamos culminado en el Santo Sepulcro. Les acababa de explicar, antes de entrar en el Templo, que llegábamos al objetivo final de nuestra peregrinación: no se peregrina a Tierra Santa, se peregrina al Santo Sepulcro. Hoy en día se hace un viaje recordando las escenas evangélicas de Jesús (Nazaret, lago Tiberíades, monte Tabor etc.), y también se recorre Jerusalén (sus calles, sus Iglesias, sus zocos,…) ¡pero el verdadero peregrino sabe que su corazón está en el Santo Sepulcro! En la época bizantino muchos peregrinos querían venir de todo el mundo cristiano al Santo Sepulcro y muchos morían en el intento; durante muchos siglos en que el Santo Sepulcro estuvo bajo dominio del Islam, había que pagar ingentes sumas de dinero al gobierno musulmán de la ciudad para poder entrar en el Santo Sepulcro. Los cruzados, independientemente del juicio que tengamos de las cruzadas, tenían como objetivo «liberar el Santo Sepulcro» que estaba en manos de los musulmanes y recuperarlos para los cristianos. Santos como Francisco de Asís e Ignacio de Loyola entendieron que, una vez convertidos, tenía que ir al Santo Sepulcro del Señor Jesús, si bien ninguno de los dos, por distintos motivos, pudo llegar.
Es más, las peregrinaciones cristianas por excelencia son una terna: Jerusalén, Roma y Santiago. Los que se ponen en camino en las dos primeras, reciben incluso un nombre: los que peregrinan al Santo Sepulcro del Señor en Jerusalén reciben el nombre de «Palmeros» y los que peregrinan al sepulcro de Pedro, en la colina Vaticana de Roma, reciben el nombre de «Romeros».  Alguno de vosotros me diréis, en un giro fácil de prever, incluso citando al evangelio: ‘Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; no hay que visitar cementerios’. En efecto, los cristianos no «visitamos cementerios», sino lugares de vida. En el Santo Sepulcro de Jerusalén celebramos que Jesús «no está ahí», que «ha resucitado». En Roma no vamos a visitar una necrópolis romana del siglo I de nuestra era de las afueras de la ciudad, sino el lugar donde fue martirizado el apóstol Pedro, y donde hoy su sucesor preside en la caridad la Iglesia. En Santiago no buscamos «certificar» la tumba del apóstol, sino hacer nuestro camino en este lado del Mediterráneo donde llegó el evangelio, alcanzando el «finis Terrae», y donde queremos vivir como discípulos hoy también.
Volviendo al amigo americano. Estaba, como decía, esperando a que los peregrinos que iban conmigo pudieran entrar en la capillita de la Resurrección, cuando se me acerca un señor de unos sesenta años que me sacaba la cabeza, con gafas de sol como si estuviera en la playa, acompañado de una señora de su edad. Me preguntan cortésmente si hablo inglés, a lo que respondo «un poquito»; el hombre me interroga ante la atenta e inquieta mirada de la señora que le acompañaba: « ¿Me puede decir qué esto? ¿Por qué parece tan importante? ¿Por qué hay aquí tanta gente esperando para entrar?» Los ojos se me debieron salir de las órbitas, convencido de que no podía ser verdad, pero reaccioné con rapidez y tiento al ver que la pregunta era sincera: «Es el Santo Sepulcro; es el lugar más santo de los cristianos; creemos que el Señor Jesús ha resucitado». El gigantón americano dijo «ohhh, gracias». Me faltó tiempo para hacerle la pregunta: «por favor, de dónde son ustedes». Con una sonrisa amplia, satisfechos del lugar de su procedencia, me dijeron: «somos de Nueva York».
Allí mismo, al lado de los neoyorkinos que no sabían dónde estaban, había una fila de cristianos coptos de Egipto que se arremolinaban en torno a la capilla de la Resurrección (la «Anástasis», en términos correctos) que estaban esperando para besar la losa, con devoción, y decir: «es verdad, no está aquí, ha resucitado».

Pedro Ignacio Fraile Yécora- 2 Mayo de 2013

RAÚL HA PEREGRINADO A TIERRA SANTA



            Raúl es un chico de treinta y nueve años, nos dice su madre. Sabe nadar como los peces; va a clase de informática y domina las fotos en los ‘smartphone’; baila la bachata, sevillanas, parándose en cada uno de los cuatro tiempos, y también bailes regionales de Burgos.
            Su madre le ha enseñado el lenguaje de los signos, porque es sordo. Cada mañana, cuando le saludas, te devuelve los buenos días con las manos llevándoselas al corazón y a los labios.
            No se ha perdido nada. Es más, ha sido de los que más y mejor han participado de la peregrinación. Su madre le preparó para la primera comunión, y allí estaba él en la misa, tan a gusto. Pepe, el cura, iba de propio a darle la paz y se fundían en un abrazo; luego comulgaba, con seriedad, sabiendo lo que hacía.
            Raúl tiene novia; el día que fuimos a Belén era San Valentín, y lo sabía perfectamente. Se estuvo probando unos anillos porque se quiere casar. Pepe le ayudó a elegir. Al final no se compró el anillo, pero uno de los dependientes le regaló un rosario de pulsera, y Raúl te lo enseñaba y le daba un beso al Cristo.

            Cuando fuimos a la Visitación, a Ain Karen, allí vimos que la Virgen María y su prima Santa Isabel se abrazaban. Pues Raúl nos regaló también un precioso abrazo con Olivia.
            Pruden, su madre, dejaba que todos lleváramos de la mano a Raúl. Con todos simpático y cariñoso, no le quitaba el brazo a nadie que se lo tendiera. Un tío majo y abierto.
            El último día hicimos el Vía Crucis. Raúl sabía que eso era muy importante y estuvo todo el rato serio, porque la Pasión de Cristo no se toma a broma. Del brazo de Blanca, nos pone cara de persona formal.
            Esta mañana hemos regresado de Tierra Santa. Raúl se ha incomodado porque hemos tenido que madrugar, y nos preguntaba que por qué le habíamos despertado tan pronto. Luego, en el aeropuerto, se ha puesto de morros porque uno de los de seguridad le han hecho abrir la maleta. ¡Siempre hay necios y torpes en todas las partes!
            Raúl ha peregrinado a Tierra Santa. ¡Bendito sea Dios!

Pedro Ignacio Fraile Yécora
19 de Febrero de 2014




           

PEREGRINACIÓN EXTERIOR Y PEREGRINACIÓN INTERIOR


            El ser humano ha sido definido por los antropólogos, filósofos, pensadores, sabios, teólogos y eruditos, de mil formas. Para unos es un «homo sapiens», subrayando su inteligencia natural y desarrollada por encima de otros homínidos. Otros lo califican como «homo faber», insistiendo en sus posibilidades de transformación de las cosas que tiene ante los ojos. Para otros es un «homo ludens», recalcando que la fiesta y la alegría son inseparables de la vida que quiere vivir. Desde el punto de vista de la fe está el «homo credens», insistiendo en su capacidad de abrirse al misterio de lo divino, e incluso de entregarse a él. Para otros, el ser humano es un «homo viator», resaltando su condición de peregrino.
            Los poetas son los que más insisten en esta última condición del ser humano. En las «Coplas a la muerte de su Padre», de Jorge Manrique, el poeta noble ve cómo pasan inexorablemente las personas y los años: «nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar…». Antonio Machado escribía sobre el «camino» que se hace al andar; entendía la vida como un «viaje» y la muerte como una «nave que parte». León Felipe propone «ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos».
En el océano de las canciones y poemas religiosos, se insiste también en esta condición de que somos «caminantes». Sólo por recoger alguna de las mil letras que hay: «camina Pueblo de Dios»; o «errante voy, soy peregrino…»; o «hacia ti, morada santa,…, peregrinos, caminantes, vamos hacia ti…», o también, «mientras recorres la vida, tú nunca solo estás, contigo por el camino, santa María va». Al mismo Jesús le dedicaron hace ya tres décadas una canción con el título de «El peregrino»; la letra decía: ‘un día por las montañas, apareció un peregrino; iba diciendo a las gentes, «amigo soy, soy amigo»’…
            Esta condición de «peregrinar» como forma humana, espiritual, de búsqueda, la conocemos desde antiguo. Las peregrinaciones de los cristianos a Tierra Santa son muy anteriores a las cruzadas; ya en el siglo cuarto, una monja de origen gallego, con el nombre de Egeria, llegó en peregrinación al sepulcro de Jesús en Jerusalén. El nacimiento del Islam surge de una «huida» de Mahoma desde Medina a la ciudad de La Meca, que con el tiempo se transformará en verdadera y multitudinaria peregrinación; recordemos que uno de los «cinco mandamientos» del Islam es «peregrinar» una vez en la vida a la ciudad santa de La Meca. En la cristiandad medieval surgió con  fuerza inusitada el «Camino de Santiago»; qué decir de la «peregrinación a Roma», a la tumba del apóstol Pedro. El ser humano es un ser «viator», «peregrino». La vida se entiende como «peregrinatio vitae». Así lo creo y así lo defiendo.
            Buceando en nuestros orígenes, podemos ir mucho más lejos. Jesús es en realidad un «peregrino» que va anunciando el Reino de Dios por pueblos y caminos; él dice de sí mismo que «no tiene donde asentar su cabeza», y luego envía a los discípulos a que vayan «de dos en dos» anunciando la Buena noticia, abiertos al mundo. San Pablo, una vez convertido, no paró de transitar por caminos y ciudades llevando a todos el evangelio. ¡Qué decir de otros dos campeones de la fe! San Francisco de Asís fue en peregrinación a Tierra Santa siguiendo a Jesús; luego llegó también a Santiago de Compostela. San Ignacio de Loyola también quiso ser «peregrino» a Jerusalén.
            El «viaje a Tierra Santa» no es un «viaje de placer» como si a un destino de descanso merecido nos fuéramos. No es tampoco un «viaje de aventuras», como parece que entienden algunos cuando, en las calles de Jerusalén o en los alrededores del Lago, van vestidos como si en un safari estuvieran. Tampoco es un «viaje a lo raro del mundo», como el joven de pintas despistadas que vi hace poco en el Santo Sepulcro, con bermudas, gafas de sol, gorra de «beisbol» y sorbiendo descaradamente un café con leche en un vaso grande de cartón, tal como si estuviera en un parque temático.
            El «viaje a Tierra Santa» es una peregrinación. Una peregrinación exterior porque se hace a pie; se pisa, se toca suelo, se toca barro. Se está con la gente, se hacen filas, se besan las rocas, se toca el agua del lago. Se oyen los cantos de los muecines llamando a la oración; los cantos eléctricos y nerviosos de los judíos y las campanas de las Iglesias. Se contempla por la noche la silueta de las montañas que rodean al Lago (¡las mismas montañas que vio Jesús!), y se siente la sequedad tremenda del desierto de Judá, el mismo desierto que cruzaba Jesús en su camino de subida de Jericó a Jerusalén. A Tierra Santa se va con «botas», no con «zapato de paseo». A Tierra Santa se va con «mochila», no con «baúles» que pesan y estorban.
            El «viaje a Tierra Santa» es una peregrinación interior. El ser humano es un «caminante», pero un «caminante acorazado». Todos vamos con «corazas» y no permitimos que ninguna rendija permita entrar en nuestra vulnerabilidad. El peregrino suele ir muy serio a los lugares santos. De repente, en el Lago, escucha el relato de la «llamada de Jesús» a sus discípulos y, casi sin darse cuenta, las lágrimas le saltan a los ojos: «tú sabes bien lo que tengo- canta-, en mi barca no hay oro ni espadas». El peregrino llega a Nazaret. Nazaret está impregnado de María: el peregrino escucha cómo la «joven-llena de Dios» dijo un «sí» rotundo y confiado; aunque no quiera, el peregrino ve cómo pasa por delante de sus ojos sus «noes» rotundos, pero llenos de miedos, a las propuestas de Dios. El peregrino llega a Caná; ahí se derrumba: un peregrino está con su esposo o esposa y sólo ellos saben lo que viven: enfermedades de uno de los dos; tensiones familiares; o, por qué no, felicidad sin límites… Otro peregrino es viudo, y no para de llorar recordando a su esposa (no me lo invento, lo he visto con mis ojos); otros no están casados, pero también ellos quieren celebrar el amor que se tienen… El peregrino se acuesta a las aguas del Jordán, y recuerda su bautismo ¿qué hecho yo con mi bautismo, con mi fe? El peregrino va a Belén, y no entiende tanta pobreza, tanta normalidad,  tanta ternura y tanta sencillez para que nazca el hijo de Dios.
El peregrino llega, por fin a Jerusalén, destino que ansía. Lo mejor es dejar el Santo Sepulcro para el final, el último día, porque es la cumbre. En Getsemaní el peregrino llora al ver cómo también él no ha podido velar con Jesús, o cómo se hunde ante el peso del dolor. En El Gólgota besa con pasión la cruz de aquel que se entregó por todos y cada uno de nosotros: nosotros, ¡con nuestras historias, contradicciones y páginas emborronadas que no nos gusta recordar! El peregrino llega a la Tumba Vacía y descubre que el ángel dice: «no está aquí». ¿Cómo? Si no está, ¿para qué hemos venido? Precisamente por eso, porque Jesús no está entre los muertos, porque no está muerto. El peregrino no va a cerciorarse y levantar acta notarial de que la Tumba está vacía; el peregrino va a cantar con todos los cristianos de todos los siglos (de ayer y de hoy), que Cristo vive. El poder de la muerte no le ha podido. Su Padre Dios le ha dado la vida para siempre. El peregrino besa la losa y reza: «creo que vives y creo que estás vivo en mi vida, en la vida, en las personas que aman y luchan; no eres un Dios de la muerte, sino de la Vida en plenitud».
            En Tierra Santa el ser humano alcanza su condición de «homo viator», de «humano que camina», de «humano que se encuentra consigo mismo y con los demás en el camino». Pero, ¿no se podría simplemente ir por cualquier camino? Sí, los caminos pueden transitarse, pueden atravesarse y ser pisados, pero lo importante es quien los anda y con quién vas. En Tierra Santa caminas el camino con Jesús.

Pedro Ignacio Fraile Yécora
Peregrino en Tierra Santa
5 de Marzo de 2014

 http://pedrofraile.blogspot.com.es/


         


ACABO DE LLEGAR DE TIERRA SANTA

Hoy es lunes 20 de Junio de 2016. Acabo de llegar de Tierra Santa y no puedo por menos que escribir, aunque sea de forma rápida, las experiencias que «de nuevo», y de «forma nueva», han pasado por mi vida. Tierra Santa no es una «tierra de otro mundo». Es Junio y hace calor; es el calor del Mediterráneo, de los campos recién cosechados, de los escuálidos pinares de nuestros montes, de los cabezos que han dejado atrás el verdor de la primavera. Tierra Santa es «mediterráneo» (ovejas, viñas, higueras, cereal, olivos…), pero es «mediterráneo oriental»: hierbabuena, especias, sésamo, cardamomo… Otros sabores, otras músicas, otros olores.
            Tierra Santa es una casa que se conoce y desconoce a la vez. Cuando llegamos a Nazaret, aunque no hayamos estado nunca, los peregrinos conectan con un «conocimiento inscrito» en el corazón: la Virgen María, la Anunciación, Jesús de Nazaret, la Sagrada Familia. Todos saben de qué hablamos, aunque muchos de ellos, la mayoría no hayan estado allí nunca. No es «esoterismo», ni «recuerdo de vidas anteriores», no. Cuando un  peregrino ha escuchado desde pequeño el texto de la Anunciación a María, y lo escucha allí, sabe de qué habla y lo saborea de otra forma. Con los ojos cerrados, el sí» de María se hace actual, presente, se personaliza. El peregrino dice «sí» a esas pequeñas llamadas de Dios, si no diarias, sí frecuentes; si no inmediatas, sí esperadas.
            Cuando llegamos a Belén, nadie pregunta qué pasó allí. Lo que suelen preguntar es dónde está la gruta, o dónde está el pesebre… porque saben que Jesús nace en una cueva y en un pesebre de animales, a las afueras de la ciudad. No hay que explicarlo todo, hay que dejar que el peregrino traiga a su corazón tantas navidades vividas con los suyos. El animador o el acompañante de la peregrinación tiene, eso sí, que recordar que creemos en un Dios que nació en un establo de animales y no en una corte; que creemos en un Dios que se hace niño y nace pobre, no un héroe fuerte e invencible; que creemos en un Dios accesible, que se puede abrazar, no en un Dios lejano, ajeno a nosotros y nuestras pobres vidas.
            Tierra Santa es la casa de todos los cristianos aunque no hayamos estado físicamente en ella. Hacemos personal y espiritualmente nuestro recorrido: nos unimos al sí de María en Nazaret y besamos a Jesús niño en Belén; acompañamos como los discípulos a Jesús por los caminos que rodean el Lago y nos dejamos sorprender por sus enseñanzas; subimos con Jesús al monte Tabor y decidimos acompañarle hasta Jerusalén. Allí, en la ciudad tres veces santa, para judíos, cristianos y musulmanes, hacemos memoria de la presencia siempre nueva, nunca reducible, siempre sorprendente, nunca tematizada, de Dios. ¿Cómo no hablar de Dios en Jerusalén, cuando oímos las campanas del Santo Sepulcro, escuchamos la llamada a la oración de las mezquitas y vemos cómo cantan y bailan los judíos al Señor en el Muro de las Lamentaciones?
            Yo no digo que Tierra Santa sea «Tierra de conversiones» tumbativas, como la de Saulo/Pablo en su camino a Damasco; pero sí afirmo que yo he visto llorar de emoción a muchas personas en Tierra Santa. Muchos me buscan con preguntas que no se atreven a hacer en público; otros se acercan al sacerdote y disimuladamente comienzan conversaciones profundas, de hondura humana y espiritual con él; otros espontáneamente en alguna eucaristía o en una oración compartida dicen lo que están viviendo.  Tierra Santa no es «mágica». El que tiene duro el corazón, y se cierra como una ostra, sigue teniendo duro el corazón; pero el que peregrina sin corazas, se encuentra sorpresas que él mismo no se esperaba.
            Acabo de acompañar a un grupo parroquial de Palma de Mallorca, con su párroco y vicario al frente. Una vez más, el milagro de Tierra Santa se ha cumplido. Personas que han dado repetidamente las gracias porque «ha sido el viaje de su vida», o «porque excede las expectativas puestas», o porque las preguntas que siempre estaban pendientes han brotado de forma espontánea. Dios hace su obra con sus tiempos y sus métodos; como él quiere y decide en su sabiduría… porque es Dios. Nosotros solo nos dejamos hacer. ¿Os animáis a hacer el viaje de vuestra vida peregrinando a Tierra Santa?


Pedro Ignacio Fraile Yécora